El arte: una religión para el siglo XXI

El fotógrafo Sante D´Orazio presenta al arte como religión y a la fama como devoción, al arropar a las superestrellas del arte contemporáneo en la religión católica.

Damien Hirst, Foto: Agencias

Sante D’Orazio es uno de los generadores de la cultura pop de los años noventa. Su trabajo en las más prestigiosas publicaciones de moda a nivel internacional, su relación con las estrellas de Hollywood y su encanto italiano en medio del glamour de Nueva York lo han convertido en una leyenda de la fotografía. Quizá sea su origen mediterráneo, combinado con su relación carnal con el universo de la aparente banalidad de las campañas publicitarias y las revistas porno, lo que le despertó la inquietud de retratar una nueva faceta de las religiones que el ser humano practica, a veces ciegamente, para hacer un intento de asimilar su corta existencia en este mundo.

A través de las fotografías de “curas” que verán en las siguientes páginas, Sante arropa a las superestrellas del arte contemporáneo en la religión católica. Al presentar al arte como religión y a la fama como devoción se genera una atmósfera de tensión: ¿Jeff Koons, el escandaloso estadounidense que vende por millones de dólares las pinturas en las que, muy explícitamente, penetra a su ex esposa, la estrella porno “Cicciolina”? ¿Damien Hirst, quien pregona la muerte de Dios y, en muchas ocasiones, se enfrenta en un cara a cara con Él a través de sus obras? ¿Maurizio Cattelan, quien no se toma nada en serio, es el monaguillo? Todos ellos y otras celebridades más están aquí. Estas fotos no son aptas para devotos ortodoxos, quienes corren el riesgo de enfrentarse a la realidad de que no existe ninguna religión exenta de ironía y cinismo.

Curaduría de Galería Hilario Galguera

El arte: una religión para el siglo XXI

“Hace tiempo que el aroma de los astrónomos fritos dejó de ascender hacia Jehová”. -H.L. Mencken

Por Glenn O’Brien

El artista visionario y poeta William Blake (1757-1827) dijo: “La plegaria es el estudio del arte”. Blake no simpatizaba con los sacerdotes, a quienes consideraba usurpadores de lo sagrado, y creía que sus poemas proféticos y sus grabados espectaculares sí eran una práctica religiosa genuina. Seguía los pasos de otros artistas, como Miguel Ángel, Leonardo, Dante y Milton, en su intención de dotar de vida a lo espiritual y transmitirlo a las almas del público a través de los sentidos. Blake declaró que el gran error de la religión ortodoxa era el rechazo del placer terrenal y la evidencia de los sentidos. “El hombre no puede percibir naturalmente por ninguna vía que no sea a través de sus órganos naturales, de su cuerpo”, dijo. Y el papel del artista es servir de intermediario entre el hombre y lo infinito. Los curas y los ministros pueden recurrir al temor para inculcar la religión desde el púlpito, pero son los pintores, los músicos, los escultores y los arquitectos quienes crearon la capacidad de asombro y la reverencia por lo sublime que eleva las almas.

Los ideales románticos de Blake en torno al arte filosófico y la poesía metafísica representan un regreso a los roles antiguos, a la noción de que los artistas y los poetas son los verdaderos profetas y sacerdotes. En las sociedades tribales el artista no era el decorador de la choza del jefe; era el mago y el curandero, el adivino y el cura, el intermediario entre el cielo y la tierra. El arte, la magia y la religión eran una misma cosa. El artista hacía imágenes que controlaban la naturaleza, o que intentaban o pretendían controlarla. Los primeros artistas hacían magia, manipulaban la realidad al copiarla. Al pintar alces en las paredes de la cueva los hacían aparecer y caer con sus flechas durante la cacería; al moldear diosas en arcilla hacían abundantes las cosechas y a las mujeres fértiles. O por lo menos así lo creían. ¿Y quién puede asegurarnos que no era verdad?

El artista era siempre un especialista: hacía lo que los demás no podían, actuaba como un intermediario con la naturaleza y los dioses, volvía visible lo invisible. Los artistas transformaban el pensamiento y los sueños de sus clientes. Quizá no creaban a los dioses (o quizá sí), pero sí creaban sus mitos y sus imágenes. Y si las artes y las artesanías no conmovían realmente a las deidades, sin duda le daban a la religión la fuerza suficiente para mover a sus adeptos. Cualquier artista que no se percate hoy de la naturaleza mágica y religiosa de su labor no puede estar haciendo un buen trabajo.

En la actualidad, la religión y su papel en la sociedad están en crisis. La ciencia ha erosionado tanto el territorio tradicional de la religión que los religiosos radicales están en pie de guerra, tratando de arrastrarnos de vuelta al pasado en el que vive Dios. En occidente, el ateísmo y el agnosticismo han dejado de ser vistos como enemigos del pueblo, salvo por la derecha religiosa. En tanto que la ortodoxia establecida es menos intensa, el fundamentalismo va en aumento, desde los pueblos rurales hasta las bases de la fuerzas aéreas. Un componente clave en la mentalidad imperialista estadounidense es la forma de pensar fundamentalista y evangélica de la coalición conservadora que durante décadas ha detentado el poder en este país. Los religiosos a la antigua, los encantadores de serpientes, los fanáticos de las iglesias pentecostales, los que entran en trance en las misas no sólo pelean para tratar de evitar el aborto, también vuelan de un lado a otro del planeta cargando bombas nucleares. Mientras tanto, en Oriente, los fundamentalistas religiosos intentan erradicar el gobierno laico, e instaurar la Sharía como la ley en tierras musulmanas.

En ambos lados los líderes religiosos aseguran a sus adeptos que el día del Juicio Final está muy cerca. A medio camino se alza Jerusalén, ahora en manos del “pueblo elegido”, donde los cristianos evangélicos, los judíos militantes y los fundamentalistas islámicos se enfrentan en una disputa que busca demostrar qué cultura es la favorita de Dios. Es una disputa absurda, en tanto que todos comparten el mismo Dios voluble, ese Dios del Antiguo Testamento bajo cuya autoridad nos transportarían a todos un milenio atrás. Atrapados en pleitos milenarios, podrían ser dignos personajes de los satíricos Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, si no fuera por toda la sangre que han derramado.

Mientras estas atávicas fuerzas de la fe compiten para ver cuál logra hacer llegar el fin de los tiempos más rápido, su verdadera competencia son los humanistas seglares, los deístas, los científicos, los ateos y agnósticos, y los seglares menos pomposos, los pecadores, los voluptuosos y los juerguistas que se sienten cómodos con los tiempos modernos y con cómo evolucionan hacia el futuro. Los “puros y salvos” están tan ocupados peleándose entre ellos que no prestan atención suficiente a la legión modernista, que incluye a Hollywood, al mundo del arte, al mundo de la moda, a los gay y a otros que están obviamente malditos. Miran a los modernos y se les escapa por completo el hecho de que incluso este montón de hastiados y provocadores podría tener un sistema de creencias propio. Incluso los sofisticados, los intelectuales y los sensualistas deben sentir ese impulso primordial y ceder ante la fe de algún modo.

La fe es una necesidad. Parece que la gente necesita algo en que creer, es casi una necesidad física. Los filósofos, los ateos, los lógicos y los escépticos, todos parecen tener cosas en las que creen, ya sean los New York Mets o Jackson Pollock, John Coltrane o Groucho Marx. Los hechos y el conocimiento, por sí solos, son insatisfactorios. Tenemos que alimentar nuestros órganos de la fe con algo que los tonifique e inspire. La fe es una suerte de ímpetu emocional, es lo que nos lleva del ahora hasta el entonces, del aquí al allá, a la distancia. Está claro qué tipo de religión le funciona a quienes consideran al mundo moderno un error. Pero ¿qué tipo de religión, qué formas y qué prácticas llenan las necesidades de quienes creen en la ciencia, de quienes piensan que el futuro será muy distinto al pasado? Aquí es donde el arte entra en escena.

El arte tiene miles de años de experiencia trabajando para la religión. Los artistas se saben todos los trucos. Lo que realmente asombra a los fieles en el Vaticano, y en las catedrales e iglesias a lo largo de Europa  y alrededor del mundo, no es tanto lo histórico, sino el arte que narra esos hechos. Recorre cualquier museo y verás que está tan silencioso como una iglesia. La gente se queda mirando las pinturas igual que un crucifijo en una basílica o la figura de un santo en una capilla. ¿Por qué? Quizá porque es algo bello, o porque es algo sublime, o porque hay algo ahí que no logran entender del todo, un secreto que pareciera ofrecer el camino hacia una vida más satisfactoria. Las religiones antiguas eran creaciones de artistas, cuentacuentos, escultores y dramaturgos. El problema es que todo era trabajo por encargo. Vendían sus servicios a las iglesias, en vez de dirigirlas.

El arte no puede ejercer satisfactoriamente todos los papeles que ahora tiene la iglesia, pero sí lo consigue en buena parte de ellos, y parece bastante más inofensivo que los tradicionales traficantes del misterio. No condena a los homosexuales ni a los hedonistas a diversos círculos del infierno. Por lo general, apoya a los pacifistas y no organiza cazas de brujas ni cruzadas. Sí ofrece vida después de la muerte; basta con mirar a Picasso y a Warhol, que hoy son más grandes que nunca. Y la ventaja más grande que la Iglesia del Arte tiene frente a cualquier otra es que no sólo no está en contra del progreso, como ha sido el caso con la mayoría de las manifestaciones religiosas, sino que el progreso es un artículo de su fe.

La mayoría de las religiones no superan el escrutinio. El gran ensayista estadounidense H.L. Mencken dijo: “La maldición del hombre, y la causa de casi todas sus aflicciones, es su tremenda capacidad de creer en lo increíble”. Mencken señaló que la esencia de la ciencia era la voluntad de abandonar una idea por otra mejor. “La esencia de la teología”, escribió, “es que defiende sus verdades como eternas e inmutables”. Es por ello que cada victoria para la ciencia y el conocimiento es una derrota para la religión. Mencken concluía: “Sólo un fanático protestante en las montañas de Tennessee podría atreverse a predicar hoy lo que los papas predicaban en el siglo xiii”. Y, sin embargo, en 2007, tres de los diez precandidatos republicanos a la presidencia de Estados Unidos declararon que no creían en la teoría de la evolución.

Oscar Wilde dijo, en broma, esta famosa frase: “La historia de la ciencia es la historia de las religiones muertas”. Tradicionalmente, los científicos han sido vistos como ateos o promotores del ateísmo, ya que los hechos y la lógica tienden a oponerse a los mitos sostenidos por las ortodoxias. Y si es cierto que la ciencia es la historia de los dogmas muertos, entonces quizá el arte es la historia de los rituales muertos. Donde la ciencia explica lo que antes sólo podía ser explicado por la religión, el arte provee una válvula de escape para un espectro de emociones que antes se exorcizaban solamente a través de ritos religiosos.

El arte modernista, como la ciencia, se basa en la noción del progreso irrefrenable. Cada día, en cada manera posible, nos vamos haciendo mejores. O, si no mejores, más inteligentes, o en el caso del arte, más extremos. Esto es lo opuesto a la religión, que nos mantendría siempre estáticos. Y sin importar cuánto quisieran los ayatolás regresarnos a las convenciones sociales del siglo vi, y sin importar cuánto quisieran algunos rabinos hacernos creer que Dios fijó las fronteras de Israel, y sin importar cuánto quisieran los cardenales que creyéramos que los condones son una abominación, no pueden frenar la creciente marea de la conciencia. El modernismo llegó para quedarse.

A menos, claro, que los talibanes saquen algunos trucos ingeniosos de sus voluminosas mangas. Sí, los partidarios del pasado quieren eliminar el presente para crear un futuro que sea el pasado, del mismo modo en que los partidarios del futuro quieren eliminar la presencia del pasado en el presente. Estas transformaciones no son compatibles. Yo debo confesar mi condición de partisano del futuro. De hecho, me parece que las cosas podrían ser bastante celestiales sobre la Tierra, si tan sólo pudiéramos fortalecer la inteligencia y reemplazar las poderosas fuerzas de lo retrógrado.

Es aquí donde el arte y los artistas se vuelven verdaderamente importantes. (Y me refiero a los artistas en el sentido general: pintores, escritores, cineastas, arquitectos.) Estamos hablando de una clase poseedora de inteligencia e inspiración, capaz de transmitir ambas cosas. Es un grupo cuya obra, cuando está bien realizada, trae bienes celestiales a la Tierra: belleza, sensualidad, inteligencia e imaginación. Desde luego, la Iglesia del Arte también necesita humor. Tiene que burlarse de las cosas que no son divertidas. Necesitamos reírnos de los que creen en cosas sin sentido y persisten en defenderlas, contra toda evidencia. Necesitamos realismo. Necesitamos un futuro, y el futuro siempre es producto de quienes tienen imaginación y energía. El futuro, si es que hay alguno, será fruto de los creativos.

No tengo nada en contra de Dios, pero es que a veces parece que no está cumpliendo con su trabajo. Aquellos que dicen hablar en su nombre están fallando miserablemente. No me sorprendería si Él [ sic ] se aliara secretamente con la oposición, los artistas y culturati que no suelen asociarse con la religión. Mientras más grandes se vuelven las guerras ligadas a la religión, más sensata me suena la idea de un Dios no religioso. De hecho, me gusta pensar en Dios como el Gran Coleccionista, o el gran Curador en el Cielo.

El arte hoy cumple una parte crucial de lo que solía ser la función de la religión. Nos trae, como Blake anhelaba, evidencia de lo infinito a través de los cinco (¿o seis?) sentidos. También representa una fuerte oposición al status quo y, cuando se trata de oponerse, mientras más personas sean, mejor. El arte es benevolente, misericordioso y con mucha conciencia ecológica. Y resulta que también es muy buen negocio en estos tiempos, y eso es algo que la gente sí puede entender.

El problema con la religión es que nos pide creer en lo increíble, y el mundo moderno ha hecho lo increíble mucho más increíble. El arte también es un motor que funciona a base de fe, pero nos pide creer en proposiciones cuya verdad es bastante irrelevante y a fin de cuentas no comprobable. El arte es la única fuerza que puede competir con la religión en términos de emoción, misterio y espectacularidad pero, además, tiene la ventaja de ser más o menos inofensivo. El arte es también un acto de fe. La obra de Jeff Koons “Corazón colgante” está valuada en 23 millones de dólares porque la gente cree que lo vale. Ésta y muchas otras obras de arte altamente valuadas se vuelven depósitos perfectos de nuestras creencias porque transfiguran la fe y la vuelven poderosa. Al mismo tiempo, no le hacen daño a nadie. Las creencias sólo se vuelven dañinas cuando se les imponen artificialmente objetivos sociales o políticos. Cuando a la fe se le permite desplegar sus matices lejos de las nociones de Estado, de credos morales y armamentos, no puede producir más que resultados positivos.

No creo que ningún precio exagerado en una subasta de arte vaya a salvar el alma de nadie, pero lo que sea que le otorgue poder a los artistas es benéfico para todos. Esos precios elevadísimos están transformando a los empresarios en creyentes del arte. Y, cuando lo piensas bien, ¿no podríamos considerar la generación espontánea de valor como una especie de milagro? Se reían de los alquimistas y los acusaban de fraude, pero hoy los artistas han comprobado, sin lugar a dudas, que es posible hacer oro de los materiales más humildes y comunes si tan sólo lo crees, si puedes hacer que los demás lo crean, si tienes ese toque mágico.

EL AUTOR de las plegarias

Sante D’Orazio (Estados Unidos, 1956) es fotógrafo y director audiovisual (cine de arte, documental, videoclips musicales y publicidad). Creció en un ambiente influen­ciado por el mundo artístico y desde muy joven incursionó en la pintura y se interesó en el retrato hiperrealista. Estudió artes plásticas en el Brooklyn College y, posteriormente, se volcó en la fotografía. En sus inicios fue asistente del fotógrafo Lou Bernstein. Su primer trabajo como fotógrafo de moda fue para la edición italiana de la revista Vogue, en 1981; a partir de ese momento su carrera despegó hasta que se convirtió en una figura internacional en el mundo de la moda. Ha sido fotógrafo de innumerables personalidades y sus imágenes han sido publicadas en revistas como Elle, Allure, Vogue, gq y Playboy. Entre sus exposiciones destacan Pamela Anderson, Icon (Kunsthaus Munich, 2005); A 25 Years Retrospective (Kunsthaus Viena, 2006) y Artists as Priests/ Scratch This (nrw Forum, Düsseldorf). Arriba, la portada de su libro Double Cross, de donde se tomaron las imágenes para este portafolio.

Artículo original : Esquire Latinoamérica

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