Spreepark

Escribe Ana Manouelian
Cuando vayas a Berlín tenes que ir ahí. Si, eso me decían cuando estaba planificando el viaje que incluía conocer esta ciudad tan emblemática.
 Me llevó tres días encontrarlo. Averigüé. Pasando el puente me dijeron, recorré el camino que está al lado del canal. Lo vas a ver, entre los árboles, hay rejas, está escondido.
Día uno: me distraigo en el camino con un paseo cerca del canal y una señora que me vende unos bocaditos de masa casera fritos con azúcar impalpable. Decido sentarme y disfrutar del sol.
Segundo día, me pierdo por otro camino y llego al monumento de los soldados soviéticos. Imponente, pero seguía sin encontrar Spreepark.
Arranco el tercer día y trato de no desviarme del camino del canal, lo cual es difícil porque tiene bifurcaciones. Me doy cuenta que sigo por el camino del primer día pero con mucho más tiempo de pedaleada, el sendero se hace más angosto y ya no hay tanta gente. De repente vi que se asomaba una rueda gigante giratoria entre los árboles, a lo lejos. Y me emocioné. Por fin, pensé.
Sigo y veo un carrito que sonríe, oxidado entre los árboles y los pastizales abandonados. Probablemente era alegre en su momento de esplendor, cuando algún chico travieso se subía a jugar. Pero ahora la sonrisa está como trunca, congelada en el tiempo. Sacados del contexto del parque, los juegos que lo habitan se vuelven tétricos, la escenografía perfecta para una película de terror. Una tetera gigante que quedó detenida en el medio de las tazas. Autitos chocadores que parecen haber salido volando del parque, dispersos entre el pasto, oxidados y rotos. Dinosaurios con inscripciones en aerosol. Una rueda giratoria con carritos atravesados por grandes ramas de árboles.  
 Este parque de atracciones, inaugurado en 1969, tuvo visitas multitudinarias pero un accidente en la década del ´80 generó una baja considerable en la concurrencia. Declarada insolvente la empresa en el 2001, Norbert Witte, uno de los principales ideólogos del parque, decide después de varias idas y venidas, llevarse algunos de sus juegos a Perú y probar suerte en territorios latinos. Cuenta la leyenda que intentó traficar cocaína en uno de sus juegos.  Si, es la historia que a la mayoría le gusta contar, pero la realidad fue que intentó rehacer el parque en Perú y como no funcionaba tan bien como esperaba, aceptó dinero proveniente de conocidos narcotraficantes peruanos, metiéndose en negocios turbios que lo llevaron a la ruina.
ph: portalnet.cl
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