Cosmópolis: la sombra de un estilo

Por Ramiro Devoto

En su último film, la adaptación de una novela de Don De Lillo, David Cronenberg cuenta la historia de Eric Packer, centrándose en todo un día. El protagonista es un joven billonario que, a la manera de Fitzgerald, ve desmoronarse todos los hilos de su vida, mientras recorre Manhattan en una limusina sumamente sofisticada en un raid de veinticuatro horas.

Fiel a su estilo, Cronenberg vuelve sobre la temática de la violencia, sello característico de su obra y en su periplo va adentrándose en una mirada más cruda y visceral. Nuevamente, presenta una procesión de personajes cargados de cinismo, que funcionan como un disparador para mostrar a un grupo de seres dañados.

La película cuenta con un amplio elenco entre los que se destacan un irascible Paul Giamatti y tanto Jay Baruchel, actor que suele intervenir en las comedias de Seth Rogen, como Robert Pattinson ofrecen facetas muy alejadas de los roles que suelen interpretar. El protagonista de la serie “Twilight” compone un personaje frío, superficial y completamente narcisista.

Sin embargo, a diferencia de sus antecesoras, tanto la notable “A history of violence” o la dinámica “Eastern Promises”, ambas interpretadas por Viggo Mortensen, Cósmopolis se vuelve muy lenta, sumiendo al espectador en un letargo. En esta oportunidad, Cronenberg peca de querer racionalizar el relato, encerrándose en una disertación sobre la violencia de la sociedad contemporánea, perdiendo el ritmo de la historia.

Ese excesivo énfasis sobre el análisis resulta perjudicial para el film, haciendo que los personajes recaigan en conversaciones artificiosas, y por momentos poco creíbles. Esto último atenta contra lo que de otra manera podría haber funcionado mejor, desaprovechando actuaciones interesantes y una historia que podría otorgar mucho más de lo que hace.

 

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