El ser y la red social

Por Ania Hadjian

Las redes sociales Facebook y Twitter ¿ nos están tornando cada día mas solitarios y narcisistas ? ¿ Será que la hiperconectividad simultánea a un creciente aislamiento aún no logra erradicar nuestra esencia gregaria y comunal ? ¿ Cual es la real influencia de estas redes sociales en nuestros niveles de sociabilidad ?


Yvette Vickers, una antigua playmate de Playboy muere en la soledad absoluta: su cuerpo cuasi momificado es hallado por una vieja amiga y vecina quien a su vez descubre la computadora prendida durante casi un año entero, tiempo que aguardó silenciosamente el cadáver en ser descubierto.

Su vecina y casual detective del caso pronto comienza a rastrear los contactos de la infeliz estrella fugaz y descubre un patético y desolador dato: los últimos contactos que ésta había mantenido eran fans reclutados en convenciones de Internet dedicados a la diva o mediante redes sociales.

Su grotesca muerte, pronto se convirtió en el arquetipo de la soledad en los tiempos digitales y las redes sociales con su notable influencia en las interacciones y en los niveles de sociabilidad genuina que no tardaron en situarse bajo la lupa de sociólogos e investigadores sociales. Alarmistas algunos, derrotistas otros, todos ellos coinciden en que el uso de estos medios virtuales de conexión interpersonal ha afectado la calidad ( y cantidad ) de las relaciones humanas.

Así, con este ejemplo algo efectista de la vedette pereciendo de soledad y aislamiento frente a la impávida pantalla de la computadora, comienza el extenso artículo de la revista norteamericana The Atlantic dedicado al efecto generado por Internet y Facebook en nuestras vidas y su feroz contribución a los niveles altos de aislamiento humano y alienación.

El artículo muestra el costado más siniestro de las redes tomando el ejemplo de la playmate octogenaria cuyo caso da tela argumental para mancillar el uso de la red social en detrimento de los vínculos cara a cara. El autor Stephen March desarrolla todo un análisis sobre los estrechos vínculos humanos, la escasez de grupos de pertenencia y de la forma en la que la soledad se ha vuelto un asunto de salud pública. El cada vez mayor número de profesionales abocados a la tarea de subsanar males producidos por la abducción de los monitores es fundamento suficiente para March. La filosofía individualista y la épica del yo, que ha sido el pensamiento fundacional de la sociedad norteamericana es otra de las causas atribuidas al fenómeno, al promover y valorizar la emancipación personal frente a las estructuras mayores, tales como el estado y la familia.

Así, la era digital terminaría de fomentar la alienación y el aislamiento.

Los estudiosos de la conducta en las redes, han llegado incluso a establecer patrones de conducta virtual analizando las interacciones a través de las cantidades de clicks y de los comentarios. Ejemplo: las personas que se limitaban a dar “me gusta” a los estados y/o fotos de sus contactos, serían más solitarios e infelices en sus vidas privadas que quienes interactuaban con comentarios más personalizados, mensajes en privado, etc. Otro ejemplo: si el uso de la red social sirve para reclutar a amigos y armar un partido de fútbol, el uso de la tecnología es saludable, por el contrario, si lo que se elige es quedarse en Facebook en lugar de ir al partido, es cuando las cosas van adquiriendo otros matices, más oscuros por cierto.

Yvette Vickers, en tiempos de dicha.

 

Eric Klinenberg, autor de “Going Solo” y de un artículo publicado en Slate donde desestima la opinión de March, sostiene la tesis radicalmente opuesta: en el libro citado, describe los atractivos de la nueva soledad y el impacto en la cultura, la política y los negocios. Estos nuevos solitarios demostrarían mayor actividad cívica y cultural, asistencia a eventos, ejercicios al aire libre y una vida exterior muy activa, a diferencia de los individuos que comparten su vida en familia. Asimismo, han demostrado poseer mejor conciencia del cuidado planetario y de sí mismo, lo que repercutiría en una revalorización de la buena compañía.

Klinenberg va más allá sosteniendo que estos seres que viven solos gozarían de mejor salud mental que sus pares que comparten su vida con otros. Si una visión, la de March se excede en pesimismo, la otra, la de Klinenberg lo hace desde el optimismo.

Por otro lado, New York Times publicó un artículo dedicado al fenómeno de los mensajes de texto y las comunicaciones instantáneas, centrándose en la formas en que éstas han modificado la forma de actuar ante ciertas obligaciones sociales, como cancelar una cita disculpándose vía mensaje de texto a último momento, algo que ofendería las reglas de etiqueta. ” La gente se oculta detrás del correo electrónico y los mensajes de texto para cancelar citas o hacer cosas que le causa incomodidad en persona” dice uno de los testimonios del artículo.

Richard Ling, profesor de comunicación de la Universidad IT de Copenhague, ha acuñado un término para definir las interacciones sociales : microcoordinación. Y lo explica así: la gente solía concertar citas con antelación de días-horas y lugares, mientras que ahora gracias a las tecnologías que permiten la interacción instantánea, se programan tres, cuatro, cinco planes a la vez ajustados en tiempo real lo cual brinda la opción de optar por uno u otro, en caso de que alguno no se de. Se vive entonces, en un estado de indeterminación y laxitud, y esa fluidez es para muchos ventajosa pues ni siquiera existe la obligación previa de acordar un horario o lugar fijos. Por supuesto, dicha labilidad ofendería a los espíritus que aún y a pesar de todo exhiben ciertas dotes de cortesía, pero en su mayoría, la gente parece estar disfrutando más las ventajas de esta nueva comunicación que padeciéndolas.

Ahora, bien: volviendo a March cabe aclarar que no es tan tonto en acusar a la herramienta del uso que se haga de ella : el autor resuelve el hilo confuso de su teoría concluyendo que es nuestra propia elección de la soledad la que nos lleva al aislamiento. Optamos por la despersonalización de nuestras vidas y es allí donde la prolijidad y elegancia de Facebook nos permite evitar la masa humana real, la embarazosa carne que a veces puede oler mal. En lugar de preguntarse porque se elige la omisión del contacto real, nos incita a un mea culpa generalizado por los usos y abusos. Ahora, March mismo no se cuestiona porque no puede tolerar el hacer sus compras en persona y prefiere realizarlo a través de Internet, tal cual relata en su artículo.

Habría que preguntarse más allá de los supuestos sustitutos : la soledad y el aislamiento son el mal de la era contemporánea, pero vienen gestándose debido a múltiples factores dentro de los cuales la tecnología comunicacional es uno de ellos y la solución no es simplemente desconectarse de Internet por un rato , encontrarse con alguien o meditar por unos minutos acerca de quienes somos.

Hay quien cierra Facebook o jamás tuvo una cuenta , pero no tiene a quien llamar y encontrarse. La ruptura de los lazos comunales y la disolución de la estructura familiar como sostén identitario y espiritual parecieran ser fenómenos muy anteriores al momento en que Facebook hiciera la abrupta aparición en nuestras vidas. El argumento del autor hace aguas desde su culpabilidad, pues pretende responsabilizar al solitario de sus circunstancias y es aquí donde yo me pregunto si no está siendo él mismo deliberadamente individualista al sostener que el marco del aislamiento siempre es auto-propiciado. Su fórmula nostálgica y simplista ” a mayor sociabilidad virtual, mayor soledad “ busca las causas donde debieran hurgarse las consecuencias de una nueva dimensión existencial, aún en lento proceso y cuyos aspectos hasta el momento y a mi juicio incitan tanto al aplauso como a la parálisis y al espanto.

El desdoblamiento y la ficcionalización de nuestras vidas, es decir, el recorte antojadizo y selectivo de lo que queremos mostrar de nosotros nos vuelve un tanto miserables pues nos obliga a mostrarnos permanentemente felices, al demandar Facebook una performatividad y una atención permanentes. Y el asunto es viejísimo como el mundo: siempre hay alguien que viaja más, que socializa más y tiene, en apariencia una vida más feliz que la propia. Y está comprobado que la gente suele desestimar el pesar ajeno, ansía su dicha y mientras, devora el cuadro de la felicidad congelada dispuesto en las góndolas del mercado de la farsa y el sueño, allí donde la inmediatez es la moneda dispuesta a perpetuar la liquidez de lo efímero.

Por otro lado, la adaptación del cerebro humano a la avasallante rapidez de los avances tecnológicos siempre será dispar: la primera requiere tiempos muy grandes de asimilación y nunca irá de la mano de los cambios acaecidos en otros planos. Pero culparnos a nosotros mismos o al medio son manotazos de ahogado, el pasado no vuelve y los cambios radicales de la era digital en lo relativo a la comunicación humana parecieran ser irreversibles.

Mientras tanto, en lugar de lagrimear por no conocer la voz del vecino o sentirnos miserables cada vez que abrimos el Facebook, podríamos preguntarnos de que modo es posible maniobrar con sabiduría ( esto sería sin cosificar la otredad ni humanizar el objeto ) y equilibrar los aspectos tanto humanos como tecnológicos de este incipiente campo vital y de esta nueva dimensión de la soledad, tan buscada como irreconocible.

 

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