Una pregunta difícil

Por Gustavo Eduardo Rosatto

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Esta semana recibí un interrogante inesperado que me dejó meditando y buscando en mi memoria. La pregunta era aparentemente simple en formulación, pero extremadamente compleja en resolución: ¿Cuál es la mejor película del año?

Instantáneamente, casi como un collage, aparecieron en mi mente imágenes, posters y escenas que aportaban más dudas que respuestas. De por sí es difícil elegir una entre cientos de películas y lo es mucho más cuando uno piensa en todo lo que se deja de lado.

Empecé el recorrido por los éxitos, buscando las respuestas en las taquillas, y una de las primeras apuntadas fue “Batman: El caballero de la noche” como el cierre de la excepcional trilogía dirigida por Cristopher Nolan, que logró con astucia y categoría eliminar el componente infantil que rodea las historias de súper-héroes. Sin embargo, esta elección estaría influida por las dos ediciones anteriores y no tanto por su peso específico.

Seguí buscando y aparecieron montones de secuelas y remakes difíciles de digerir, cuyo único objetivo son generar esa pila de dinero que increíblemente logran casi sin esfuerzo. De lo reciente descubrí “Argo” con muy buen guión, dirección y actuaciones, pero la rechacé por su marcado “Norteamericanismo”.

Busqué también en la escena nacional y pensé en “Todos tenemos un plan” como un excelente debut Ana Piterbarg como guionista y directora sumados a la llamativa participación de Viggo Mortensen en su primera aparición en el cine argentino. Si bien es un film con grandes aciertos y muy buenos recursos, un cierto fanatismo de mi parte por el mencionado actor hace esta elección extremadamente subjetiva.

Perdido entre esta nebulosa de films recibí una recomendación. Una película francesa sobre finales felices llamada “The Intouchables” (en Latinoamérica “Amigos Intocables”). Me decidí a verla sin mucha esperanza, a pesar de ciertas condecoraciones que la avalaban. La película, basada en hechos reales, cuenta la historia de una amistad entre un millonario llamado Philippe (François Cluzet), un tanto excéntrico, que ha quedado tetrapléjico tras un accidente y un joven de los barrios bajos de París, apodado Driss (Omar Sy).

Este film se construye casi como un diálogo entre dos mundos, donde se van mezclando códigos, ideologías y valores, nutriendo una relación que resulta el eje central del film. Un hombre que se siente aislado del mundo encuentra una luz de esperanza en una persona que no se compadece de él, sino que lo trata como un igual, y tal vez sea esta una innovación introducida por el largometraje, una nueva perspectiva. ( sigue )

La película  escrita y dirigida por Eric Toledano y Olivier Nakache introduce en tiempos de crisis morales un respiro para el alma y promueve un hedonismo para el corazón. Es una historia que agrada, conquista, alegra, satisface y emociona, todo eso sin recurrir a recursos facilistas y con una estética como sólo el cine francés puede lograr (añadiendo también un poco más de dinamismo).  Es una comedia dramática de colores suaves, emociones profundas, con un humor inteligente y perspicaz que brota de su esencia misma y una narrativa simple, pero efectiva, que ayuda a resaltar los sentimientos y da lugar a esas excepcionales actuaciones que coronan la obra. Otro punto fundamental del film es la música, que al igual que la historia, oscila entre dos culturas, recorriendo la música clásica hasta el pop contemporáneo.

Recursos retóricos, pensamientos filosóficos, valores y moralejas articulan esta historia que en el día de hoy recibe el mote de mejor película del año. Tal vez sea la engañosa memoria que siempre valora lo reciente quien acompaña esta decisión, pero sobre todo la catarsis que este film genera conmocionando y colmando todos los sentidos; accediendo a la fibra más íntima del alma.

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