El deseo y el consumo: hacia un devenir vital

 Por Damián Rautenberg

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Si emprendemos la tarea de desmenuzar las pautas de consumo que gobiernan y definen nuestro comportamiento como seres que conviven en un mundo regido por la perpetua generación de necesidades, debemos acudir a las teorías que han abordado la temática existencial del sujeto de occidente.

Según el psicoanálisis de Sigmund Freud, el Complejo de Edipo genera el Complejo de Castración, que es el modo en que el sujeto procesa inconscientemente el primero y que forma su Ideal del Yo, equivalente a la matriz de representaciones que definen lo que el sujeto cree que es. El problema es que el psicoanálisis define al deseo como una carencia: la del falo genera el deseo en la mujer, y el miedo a carecer del mismo genera el del hombre.

 El patrón psicoanalítico y el capitalista son análogos en su punto fundacional: el deseo del sujeto apunta a obtener el objeto que no se tiene y que, como un blanco móvil, se le escapa durante toda su existencia. Esa carencia angustia al sujeto y motoriza su deseo, cuya materialización en un objeto es circunstancial, provocando una nueva angustia.

 Mario Goldenberg analiza que existen “modalidades de padecimiento distintas de las de la época de Freud y quizá también de los tiempos de Lacan. La `psicología de las masas´ de Freud resulta insuficiente para pensar la lógica colectiva en esta hipermodernidad. El sujeto identificado en la masa bajo la mirada hipnótica del líder quedó atrás.”

 Goldenberg indica que la “masa” de Freud se convirtió en la “multitud” de Spinoza, por lo cual le parece útil retomar el planteo de Néstor García Canclini, quien analiza que la expansión planetaria del mercado generó un consumidor que no posee una representación en él como sí tiene el ciudadano para con su Estado. Goldenberg puntualiza que hoy existen “productos del mercado que llegan hasta los sectores más marginales, y por otra parte, siempre en el mercado hay algo nuevo que no se puede alcanzar. En este sentido se podría decir: todos excluidos.”

 Ante este panorama, podríamos retomar la pregunta spinoziana formulada cuatro siglos atrás sobre por qué los hombres luchan por su opresión como si se tratara de su libertad, y específicamente por qué los sujetos hipermodernos prefieren obtener un objeto que excede su capacidad de compra aunque para ello deban someterse a las reglas del sistema crediticio, a sabiendas –además- de que cuando terminen de pagarlo habrá en el mercado algo nuevo que lo ha desplazado.

 Siguiendo a Goldenberg se puede esbozar una respuesta. El autor cree que el concepto de renuncia pulsional es insuficiente para pensar el presente. “La ética del sacrificio llega de todos modos hasta nuestros tiempos, pero es interesante pensar que el superyó actual no es el mismo que el de El malestar en la cultura.” En contraste, cita a Jacques-Alain Miller, quien cree que “el nuevo superyó, más que plantear una exigencia de renuncia es un superyó que ordena gozar a través de consumir, gozar de distintos modos, ilimitados, un gozar sin reglas, sin ideales”.

 Pero en los pensadores planteados hasta ahora, la concepción de deseo supone una falta y un algo que conseguir para eliminarla. Diferente es mirada de Deleuze, para quien el deseo no busca objetivarse a partir de una carencia que debe ser suplida. No es una búsqueda, sino una donación afirmativa de fuerza que Nietzsche llamaba `voluntad de poder´: es sobre todo voluntad de vida. Ni el poder es objeto ni la voluntad quiere objeto alguno, sino que quiere afirmarse a sí misma. Es el instinto de juego incesantemente renovado lo que llama a la luz a mundos nuevos. Deleuze tomó tal concepto para decir que no hay deseo de un objeto sino que hay fuerza de desear que sólo desea autoafirmarse.

 Deleuze retoma a Spinoza, quien cree que la sociedad debería ser el conjunto de condiciones bajo las cuales cada cuerpo pueda efectuar su potencia con la mayor amplitud. Para Spinoza el desafío consiste en averiguar hasta dónde un cuerpo es capaz de hacerse soberano de sí mismo. Podríamos preguntarnos entonces: ¿qué autonomía tiene el sujeto de hoy que cae en la creencia fundada en el psicoanálisis de que es carente de cosas y debe conseguirlas a como dé lugar?

 En El Antiedipo, Deleuze y Félix Guattari se manifiestan contra las técnicas del deseo y rechazan que el psicoanálisis convierta el deseo en una representación, porque para ellos el inconsciente no es un teatro, sino un productor infinito de energía libre y no ligada a ninguna imagen fija. Para estos autores, todo lo que vemos fue fabricado por flujos de deseo. Por eso consideran que el psicoanálisis desempeña una función social opresiva. Si bien reconocen que Freud descubre la potencia del deseo, sostienen que la aplasta con la escena familiar del Complejo de Edipo, asociando el deseo con la culpa. En cambio, para los autores el deseo es pleno y forma una sola unidad con su objeto: la máquina deseante, a la que atribuyen un uso liberador que Edipo, castración y pulsión de muerte arruinan.

 Deleuze indica además que la constitución del deseo como proceso apunta a posponer el placer en pos de una plenitud dada por el sostenido aumento de la intensidad. Así, si no cayéramos en la trampa de asociar al deseo con el placer, nos daríamos cuenta de que el deseo no carece de nada, sino que el placer interrumpe el ejercicio del deseo ofreciéndole una descarga.

 Dichas ideas son para Deleuze un territorio de captura de la cual será necesario salir para combatir la tristeza que el poder necesita –y produce- para ejercerse. Para Maurizio Lazaratto, seguidor de Deleuze, la resistencia siempre apunta a la multiplicidad y a que el deseo se escape de lo que quiere ordenarlo. La propuesta deleuziana es la de huir para devenir, y esa huida no constituye una renuncia a la acción: es un movimiento absolutamente activo para desterritorializarse, aventurarse, salir de la captura. Para Deleuze, los libros de filosofía y las obras de arte son un buen puntapié hacia ello, ya que tienen en común la resistencia a la muerte, a la servidumbre, a lo intolerable, al presente.

 Los flujos de deseo son, además, fuerzas potencialmente revolucionarias, porque el deseo es devenir vital, tendencia del cuerpo a lo que aumenta su potencia de acción. Devenir designa el trazado de una línea de fuga en el campo social que permita crear nuevos mundos por fuera de lo dado.

 El modo de producción social capitalista es una forma de organización de la producción deseante. La organización social debe lograr que las máquinas deseantes deseen lo que conviene al sistema. Esta dinámica de mercado es sinérgica con las sociedades de control, donde el poder se sirve de la angustia y la quita de identidad del sujeto en lugar de dominarlo por medios coercitivos directos. Prueba de ello es que hoy la figura del sujeto endeudado reemplaza, según Deleuze, a la del sujeto encerrado de las sociedades disciplinarias. Si consideramos al capitalismo como un conjunto de dispositivos flexibles para reenglobar la resistencia, el psicoanálisis (como la religión) enseña lo contrario: la resignación. No obstante –y como idea para salir de la captura- Deleuze sostiene que el vacío que se nos insta a apaciguar también forma parte de la vida del deseo. Si estas ideas proliferaran, el capitalismo no se sostendría, porque en tanto el deseo no tiene un objetivo en el cual descargarse mediante su consumo, el mercado no tiene vacío alguno que llenar.

 

Foto @Jean Baptiste Mondino

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