La bebida favorita de los escritores

Nicolás Artusi

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“El café nos vuelve rigurosos, serios y filosóficos”, dijo Jonathan Swift allá por 1722 y entintó la pluma para escribir otro más de Los viajes de Gulliver. Tónico y estimulante, el café fue (¡es!) combustible intelectual para todo el que sepa poner sus ideas por escrito. Si el alcohol enturbia los sentidos, nuestra infusión favorita mantiene la mente alerta y aporta la cuota imprescindible de tensión nerviosa que exige el desafío de la página, o la pantalla, en blanco. La efeméride recuerda que Honoré de Balzac tomaba cincuenta tazas al día antes de volverse un enemigo en su Tratado de los excitantes modernos, que a J.W. Goethe le gustaba tanto el café que contribuyó en el descubrimiento de la cafeína, que T.S. Eliot medía sus aventuras románticas en cucharitas de café o que el poeta Rubén Darío le dedicó unos versos a la bebida porque “una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta”.

Ahí donde la literatura exija el pensamiento y la creatividad sin filtros, los escritores se inclinan por la paradoja: el café de filtro.La razón práctica justifica el berretín: se prepara de a jarras, siempre calientes gracias a una resistencia eléctrica, disponibles para beber sin interrumpir el manantial creativo. Y si en cualquier cocina puede encontrarse una cafetera de filtro, no por familiar exige menos técnica. El sistema se llama “lixiviación”, literalmente: “Un proceso en el que un disolvente líquido (el agua) pasa a través de un sólido pulverizado (el café molido) para que se produzca la disolución de uno o más de los componentes solubles del sólido”. Ajá. Vamos al grano: lo más importante es elegir un molido medio. Si es demasiado grueso, el café tendrá poco gusto (¡el famoso jugo de paraguas!); si es muy fino, resultará muy amargo y astringente. Calcular unos 4 gramos de café molido cada 100 ml. de agua. Y un truco: antes de encender la máquina, conviene humedecer con un vaporizador la molienda ya colocada en el filtro de papel. Así, la bebida resultará más aromática. Ya está todo listo para convidarle una tacita a las musas: si es cierto que la escritura requiere más transpiración que inspiración, hay que sentarse todos los días, a la misma hora y en el mismo lugar, para que si ellas se dignan a hacer una visita sepan dónde encontrarnos.

http://sommelierdecafe.com/

Publicado en Clarín.

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