La buena muerte

Gonzalo Freijedo

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Amour, de Michael Haneke

Hay algo extraño y también liberador en la angustia y el dolor a los que nos expone la última película del director austríaco Michael Haneke, Amour, y es la absoluta e incontestable razonabilidad que les sirven de fondo. Una palabra tan gastada, patética muchas veces, y a la vez  ineludible, como la que le da título a la obra, vuelve a cobrar sentido en las manos de sentimientos, emociones y actitudes de una mesura cruel, pero irrefutable. La entereza ante lo despedazador, el orgullo ante la muerte, la presencia ante la desaparición, ponen aquí en entredicho que el amor sea necesariamente irracional. La avanzada edad de los personajes no debiera desorientarnos: en todo tiempo, “la salud forma un todo con el riesgo mortal que la transita impulsándola más allá de sí misma”, al decir del filósofo italiano Roberto Espósito.

Las resonancias que, de acuerdo con la propia experiencia de cada espectador, puede despertar la película son virtualmente infinitas, y eso se debe básicamente a la claridad y transparencia con la que se aborda la trama (favorecida, claro, por la impecable interpretación de los actores Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva), claridad y trasparencia que encuentran su mejor expresión poética en una secuencia en la cual Georges (Jean-Louis Trintignant) persigue a una paloma en su departamento vacío, ya fallecida su mujer.

 

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