El arte de caminar

Avo

¿Por qué caminamos y no estamos arraigados, como los árboles? Porque tenemos que buscar comida y correr por nuestras vidas, o así creemos que era en nuestros orígenes, en los comienzos de la transición infinita del agua a la tierra, en un recorrido que nos sustrajo de la existencia sumergida, desde antes de la prehistoria, de trilobite a sapiens sapiens e ignoramus ignoramus ignoramus ignoramus, a buscar el aire de afuera y a reptar, caminar y erguirnos, para seguir caminando, caminar para comer y no ser comidos, matar y no ser muertos. Nos distanciamos hace mucho de los árboles. Nuestro cuerpo exige más nutrientes que el sol y la lluvia. No nos alcanzan el fuego y el agua, los océanos y las estrellas. Tenemos que caminar para lo demás. Para la vida.

Caminamos para ir al trabajo. Para ir al supermercado. Para ir al banco. También, para ir a ningún lado, un arte en extinción como se extinguió la libertad en el momento en que el hombre dejó de vivir como la demás vida y organizó su vida en la economía, el vicio capital de la inteligencia. Ya no nos corren animales, ni nosotros atrás de ellos. A los animales los acorralamos, y corremos detrás del dinero. Nos corren semejantes. También nos corren autos, y nosotros en ellos, en selvas civilizadas, atravesadas por calles y regladas por luces.

El peatón de los semáforos, nuestro tutor urbano, tan anónimo como nosotros, también tiene tanta personalidad como nosotros, como descubre el arte de la israelí Maya Barkai. Se ha dicho que el sentido de la escritura occidental, de izquierda a derecha, baja al papel la vocación geográfica de navegantes y filósofos, de buscar el Oriente, cuna del sol. Y fenicios, árabes y hebreos siguen con sus letras el recorrido inverso, el paso del sol a europa, la palabra acadia que designa allí donde muere el sol.

 

 Los hombres de luces de Jerusalén, Kioto y Fes caminan con rumbo occidental. Go west, young men.

 Los de Río de Janeiro, Nueva York y Ciudad de México van al Este, a por el sol. El confundido de Buenos Aires camina al oeste, ciegamente hacia los Andes.

 El de Roma sigue al de Tokio hacia Occidente. ¿Por qué el de Roma camina en sentido opuesto al de su lectura? Ya no es la Roma precolombina. Han transcurrido más de cinco siglos. Colón también quería ir a la India, y allí creía haber llegado.

Y el de Toronto y Lisboa extienden la mano para estrechar la de su compañero de Lijiang, en un encuentro inalcanzable.

La pareja de Amberes está unida para siempre, como es eterna la soledad del hombre de Tianjin, al lado de ellos, y lejos.

Basta ya de tan larga introducción, de palabras y pasos que no conducen a ningún lado, para ir al grano, la muestra de Barkai, Walking Men 99tm, que tapia un baldío en Nueva York, a pocas cuadras del World Trade Center. Siempre nos queda el arte, aun cuando perdemos todo.

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