Borges, Internet y el universo

Ania Hadjian

En Internet se entrevé la biblioteca infinita y universal que el autor ha construido en sus relatos y ensayos. La ciberrealidad actual no es tan diferente a la del culto de un místico frente a su libro en un pasado lejano.

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“Un hombre en una habitación, con un libro, leyendo sin articular las palabras”. Así nos transmite Borges en su ensayo “Del culto a los libros”  la imagen que San Agustín describe de San Ambrosio, de quien había sido discípulo. Esa lectura silenciosa de Ambrosio, obispo de Milán, habría de ser el momento histórico (por azar o elección humana) en que comienza a cobrar mayor sentido la palabra escrita que la hablada. “Aquel hombre pasaba directamente del signo de escritura a la intuición, omitiendo el signo sonoro; el extraño arte que iniciaba, el arte de leer en voz baja, conduciría a consecuencias maravillosas”, escribe Borges. “Conduciría, cumplidos muchos años, al concepto del libro como fin, no como instrumento de un fin”.

Pues bien, la lectura callada inauguró la comunicación inmediata de la voz divina a los hombres. Ya no leía el párroco en voz alta la palabra de Dios para los fieles.. A su vez, la escritura sagrada materializó la voz espiritual de diversas religiones, y derivó, con posterioridad, en la literatura profana, la nuestra, la de ahora.

Un salto temporal e imprudente nos permite citar, como otro momento de transfiguración histórica radical e implacable, la aparición de Internet, que nació en los albores de la década del setenta como un conjunto descentralizado de redes de comunicación de alcances revolucionarios.

No es Internet un proceso netamente tecnológico. La mutación metafísica que supone es, a la vez, magnífica y borgianamente previsible. Ironía o destino, la ceguera de este hombre lo obligó a imaginar el infinito a través de los libros, y la virtualidad de nuestros días no es más que un piso más alto de una estantería de saber infinito. Sin embargo, pensar en arriba o abajo sería, en este caso, como el chiste de Mafalda: “¿Arriba o abajo con respecto a qué?”. Y cabe agregar, ¿pasado o futuro con respecto a qué?

Internet, con sus múltiples distracciones e insospechadas derivaciones, viene a ser ese libro mágico y universal, el libro de arena de Borges, donde no importa tanto su inconmensurabilidad sino más bien sus bordes o retazos, aquellos intersticios que logramos penetrar y de los cuales somos parte, pues no es más que otra metáfora, otra broma creativa y cada vez más aproximada a aquel libro infinito que se reescribe perpetuamente y como sostiene Thomas Blow, citado por Borges, es  un manuscrito “universal y público”: las poéticas de sentido que gesta la red no son mas que reverberaciones del infinito.

El tiempo, la extensión pierden sentido en Borges, y el genial escritor que no dejó ninguna novela de su autoría y que se inclinaba más bien por una prosa reducida, pareciera anticipar la tendencia a la condensación de información y a la invasión de datos que supone hoy la realidad de nuestras vidas inmersas en la red.

La historia de la humanidad acusa avances tanto incontables, como implacables. Internet es uno más de ellos, y aun así, no es más que un accidente cronológico, un capítulo o párrafo de este enorme manuscrito universal que no cesa de escribirse, usurparse e interpretarse, y cuya trama atemporal e infinita permanecerá escondida.

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