El poeta y la alabanza al brindis

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El poeta Omar Khayyam nació en Nichapur, Persia, hacia el año 1040 de la era cristiana, y vivió cerca de ochenta años.
Libertino, sibarita, ácido, místico y profeta, estudió Matemáticas y Astronomía, reformó el calendario musulmán, cultivó el Derecho y las Ciencias Naturales, pero todo le resultó insuficiente a la hora de resolver el misterio del Universo, las pasiones humanas y la existencia misma.

Se destacó en el plano de las letras por sus famosas «Rubaiyat», que constituyen  una alabanza al brindis, una enorme plegaria fragmentada en estrofas que remiten a la celebración del vino y del goce del instante, frente a la finitud de la vida.

Khayyam desarrolló a través del vino toda una filosofía de vida y expresión poética, que  eternizó a través de su obra con una gran carga de sensualidad y erotismo. La inspiración con y por el vino aparece en sus versos como un arma de lucha contra el tedio y la finitud de la existencia humana.

Para los sufis el vino representa el éxtasis de la unión cuyo resultado es el conocimiento: el valor simbólico del vino en khayyam representa es sentido místico de su poesía.

El persa cantaba a la sensualidad, no en el sentido hedónico de la actualidad o como entiende esta palabra el misticismo cristiano, en que el sentido de lo sensual se opone a lo espiritual. En el sufismo persa existe una biunidad orgánica que Omar Khayyam refleja en sus poemas: su sensualidad no sólo no se opone a la espiritualidad, sino que conduce a ella. Lo que más desconcierta a los occidentales es la extraña y misteriosa mezcla de lo erótico con lo místico en la religiosidad oriental y en la mística sufí. La teología cristiana ha considerado a la “carne” como hostil al Espíritu pero, para los musulmanes, la carne y el Espíritu son dos substancias de una misma energía.
Estos son fragmentos de su obra que ha permanecido durante nueve siglos, como un legado a los amantes del vino, la vida y la poesía.

 

¡toda mi juventud florece hoy de nuevo!

¡vino, vino!

¡que tus llamas me abracen!

vino, no importa cuál…

yo no soy difícil.

creédme, el mejor lo encontraré amargo, ¡como la vida!

procurad despertarme con vino.
lavadme con él si persisto en mi muerte.
hacedme con pámpanos mi mortaja y enterradme
en un jardín con rosas que recubran mi tumba.

cuando me
eclipse la
sombra de la muerte y

se sujete el hacecillo de

mis días, os he de llamar,

amigos míos,

para que me conduzcáis al
sepulcro.

en polvo
convertido, modelaréis
un ánfora que colmaréis
de vino. quizás entonces
me veréis resucitar.

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