El manuscrito rechazado

Avo Hadjian

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Todo escritor o persona que escribe con ánimo de llegar al público sufre, o ha tenido que sufrir, la aflicción del manuscrito rechazado. Hiere tanto como un “No” a una invitación a salir.

 El lenguaje de tediosa educación con que editoriales, publicaciones y editores agobiados responden a mensajes muchas veces pensados y repensados, reescritos con ansiedad y cargados de fórmulas de protocolo epistolar anticuado y tan espeso como la esperanza que va en ellas, añaden sal a la herida, con la casi certeza de que el texto, escrito con tanta pasión y convicción – que uno concluye con la impresión de que el mundo será ligeramente distinto después que esas líneas sean leídas – ni siquiera ha merecido un minuto de lectura apurada.

 El dolor muda en furia cuando el frustrado autor ve en las páginas que se le han cerrado un texto que debería haber sufrido una muerte a bollos e ignominiosa en el fondo de un cesto. El público general, encandilado por el nombre prestigioso de la publicación, suele admirar los renglones que los afortunados han logrado colocar bajo la pesada tipografía de los páginas de la ahora maltrecha y sin embargo aún codiciada prensa escrita. Sin embargo, quien “conoce el paño”, como el autor humillado e ignorado, comprueba iracundo que ese mismo texto injustamente afortunado, si se hubiera posado en las páginas más humildes de un boletín barrial, se hubiera convertido inmediatamente en abrigo del cuerpo frío de un pescado, un final inglorioso que también le puede aguardar a las páginas eminentes, que sin embargo antes de su casi seguro deceso ignominioso pasan por manos experimentadas y miradas sabias.

 La injusticia engendra injusticias peores, como conjeturas insidiosas y rumores mendaces sobre las “verdaderas razones” que han abierto las puertas de la catedral impresa a autores que no lo merecían o que, por lo menos, no más que las largas filas de ignorados y rechazados. Si bien estas situaciones suscitan sospechas, a veces justas, de que el mayor mérito para abrir las pesadas puertas de la gran prensa es la amistad entre autor y editor, el efecto deletéreo de la humillación potencia la maldad de la mente ofendida, que puede imaginar situaciones irreales e insultantes que fueron el incentivo real para la publicación.

 Ciertamente, en el duro proceso de decidir cuál escrito quedará, y cuáles decenas y cientos de artículos morirán en el cesto sin haber siquiera tenido el beneficio de una primera lectura de tan solo una oración, se cometen injusticias y muchas veces grandes. Sin embargo, el maligno proceso de discriminación, en el que tantos justos mueren injustamente y a veces quedan quienes menos lo merecían, se viene repitiendo desde que existe la prensa y desde que la competencia por la hoja, o el espacio de Internet, se ha vuelto más cruenta. Peor aún, quienes alguna vez han sufrido el dolor y la injusticia del manuscrito rechazado, cuando asumen posiciones de poder editorial suelen incurrir en el mismo vicio odioso – que antes repudiaban – de publicar a “amigos” o plumas familiares. ¿Por qué es?

 Si bien ha de haber tantos motivos como hay editores y medios, es posible identificar razones que pueden ser universalmente comunes. Las publicaciones tienen una identidad que puede ser comparable a la de una familia, que se va gestando y madurando con el paso del tiempo. Cuanto más envejece el medio, más se definen los rasgos y, por qué no, los vicios que definen el carácter de un medio.

 Así como en la vida de las personas llega un momento en que se deja de cultivar amistades nuevas porque con las existentes la vida transcurre de manera plácida, de manera similar las publicaciones y los diarios abren sus hojas de modo selectivo, solamente a quienes acompañan armónicamente las ideas y el espíritu que anima su labor editorial. Los medios modernos y libros son coros polifónicos, pero de voces que en su conjunto articulan un canto único e identificable. Cuanto mayor la edad del medio, más probable es que haya pocas vacantes para probar y añadir voces nuevas, y la sustitución por razones naturales se produce de manera lenta y con una competencia feroz. Invitar talentos desconocidos a esas mesas solemnes y antañas produce la misma tensión e incomodidad que suscitan y sienten los visitantes nuevos a clubes antiguos, cuyos miembros han forjado, en el curso de décadas, códigos y guiños solamente inteligibles entre viejos amigos.

 La razón más importante, empero, quizás sea otra. Leer es una actividad que exige una gran inversión mental, mucho mayor que otras empresas intelectuales como presenciar una obra teatral o escuchar música. Con frecuencia probamos cosas nuevas, desde películas hasta vinos. El esfuerzo mental para tales aventuras menores y calculadas es infinitamente menor que convertir símbolos abstractos en ideas que, además de entenderlas, nos tienen que gustar, cuya evaluación exige un mayor esfuerzo que catar una botella nueva y que además tiene que convencer sobre el mérito de ser invitiado a la mesa.

 El editor de un medio grande, por definición siempre ocupado y falto de tiempo, es naturalmente reacio a abrir el sobre o el mensaje adjunto en su correo electrónico proveniente de un nombre desconocido, porque además de la renuencia a “invitar extraños a la mesa de la familia”, la experiencia le ha enseñado que las probabilidades de que su inversión de tiempo y esfuerzo sean recompensados con un escrito valioso son exiguas.  Como en la vida, empero, también en los anhelos editoriales lo que no mata fortalece, y el cruento proceso de ensayo y error suele refinar la palabra del escritor humillado. Edmund Wilson (1895-1972), quien terminó por convertirse en el crítico por excelencia de Estados Unidos, había empapelado el cuarto donde vivía con las notas de rechazo de sus manuscritos. Quizás la diferencia con otros talentos, que nunca salieron de la caparazón del escritor humillado, es que no cejó en sus intentos, hasta que las pesadas puertas se abrieron.

 

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